Gatos

Calac y Polanco (También conocidos como los Tártaros)


Los Bárbaros duermen junto a mi rodilla derecha. Muchas veces se enroscan en semicírculo, uno frente a otro, y me hacen pensar en el Yin Yang. Uno jengibre, el otro casi blanco.

No los dejo entrar casi nunca. Cuando acababan de llegar intentamos compartir mi cama, pero tienen el pelo demasiado largo: yo amanecía con la nariz hinchada y los ojos rojos. Tuve que desterrarlos de mi recámara a riesgo de tener que prescindir de ellos para siempre. Sin embargo hay veces que abro la puerta y ellos entran, atisban lo que hay en el suelo, husmean cerca de la silla o del baulito y se trepan en la cama después de un rato de exploración y de tanteo. La única regla: no cerca de la cabecera (así no respiro el pelo que hayan soltado cuando me voy a dormir).
Claro que hay veces en que abro la puerta, ellos entran y reciben a cambio una orden tajante: ¡fuera! Es la única manera de evitar que alguno se quede encerrado todo el día, sin agua, comida ni arena, porque se escabulló en el clóset y yo cerré la puerta y me fui. Me sucedió un par de veces, ellos se portaron muy bien, nada de desechos por ningún lado, pero me angustia pensar que durante doce horas (quizá más, si me voy al cine o por ahí con los amigos) el pobre animal no bebe ni come. Puede dormir, pero un ser vivo, así se aun gato, necesita mucho más que eso. Cuando le grito a uno que se salga, o se baje, o deje de morder lo que está mordiendo, o de arañar lo que está arañando me mira con azoro, casi con un poco de escepticismo, “como si no fuera a hacer exactamente lo mismo cuando tú no estás, persona”. Pero se detiene, adopta una actitud de supremo desdén y se va en dirección contraria, siempre a paso lento y digno, “estaba a punto de irme de todos modos, destruir ese objeto no resulta tan interesante como parece”.

Escucho el ronroneo suave, siento su calor, intento no hacer movimientos bruscos ni mucho ruido. Sé que están cómodos y sé que es mejor para ellos estar aquí arriba que allá afuera, en la estancia. Aprecio que estén aquí, de hecho. Me acompañan desde su silencio y su esencia de cosa viva, hay un misterio y una ternura que los rodea y que siempre me hace sentir que tenerlos conmigo es un pequeño milagro.

Me los traje juntos porque nunca estoy y cuando estoy tampoco es que les ponga todo el tiempo mi completa atención. Si fueran perros la historia sería otra, pero por eso tengo gatos: su independencia y la mía conviven perfectamente. Cuando los traje a vivir conmigo no quería tener sólo una mascota “porque sí”, sabía que sería a largo plazo, un compromiso de tiempo completo dentro del espacio que queda fuera de los otros compromisos de tiempo completo. Sabía que si traía sólo uno se aburriría, le iba a dar tiricia, no quería pensar en que el pobre animal, por más doméstico que fuera, estuviera todo el día encerrado y solo; temía que se volviera neurótico o agresivo. Entonces me decidí por dos, así cuando yo no estoy ellos se acompañan, hace sus vidas. Hacen lo que sea que hagan los gatos cuando no los ve nadie además de otros gatos; hacen cosas que nunca sabré ni veré, pero viven y están aquí. Dependen de mí para comer y estar saludables y tener arena limpia y agua, pero no dependen de mí para ser. Y cuando yo no estoy ellos son, igual que cuando estoy, pero cuando estoy son conmigo, que no es lo mismo.

Sé que me quieren. Lo sé por cómo frotan su nariz contra mí, por cómo hacen ruiditos o porque uno se tira de panza para que juegue con él y el otro me muerde con suavidad cuando lo acaricio; lo sé porque a veces me lavan la mano con la lengua o posan una pequeña pata acojinada en mi brazo y me miran. Y yo los quiero, ellos no entienden lo que les digo, pero lo saben porque hago las cosas que uno hace con los gatos cuando los quiere, cosas bobas y divertidas; lo saben porque me río con ellos o les canto o les muerdo la cabeza o les hago trompetillas en la panza.

Los miro y sé que es una suerte tener a los Bárbaros conmigo. Sobre todo porque así no me aburro ni me da tiricia o no me pongo neurótica ni agresiva, aunque esté aquí encerrada. Supongo que vivir con ellos, en cualquier caso, es una cuestión de buena salud.

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