Archivo mensual: enero 2014

Gatos

Calac y Polanco (También conocidos como los Tártaros)


Los Bárbaros duermen junto a mi rodilla derecha. Muchas veces se enroscan en semicírculo, uno frente a otro, y me hacen pensar en el Yin Yang. Uno jengibre, el otro casi blanco.

No los dejo entrar casi nunca. Cuando acababan de llegar intentamos compartir mi cama, pero tienen el pelo demasiado largo: yo amanecía con la nariz hinchada y los ojos rojos. Tuve que desterrarlos de mi recámara a riesgo de tener que prescindir de ellos para siempre. Sin embargo hay veces que abro la puerta y ellos entran, atisban lo que hay en el suelo, husmean cerca de la silla o del baulito y se trepan en la cama después de un rato de exploración y de tanteo. La única regla: no cerca de la cabecera (así no respiro el pelo que hayan soltado cuando me voy a dormir).
Claro que hay veces en que abro la puerta, ellos entran y reciben a cambio una orden tajante: ¡fuera! Es la única manera de evitar que alguno se quede encerrado todo el día, sin agua, comida ni arena, porque se escabulló en el clóset y yo cerré la puerta y me fui. Me sucedió un par de veces, ellos se portaron muy bien, nada de desechos por ningún lado, pero me angustia pensar que durante doce horas (quizá más, si me voy al cine o por ahí con los amigos) el pobre animal no bebe ni come. Puede dormir, pero un ser vivo, así se aun gato, necesita mucho más que eso. Cuando le grito a uno que se salga, o se baje, o deje de morder lo que está mordiendo, o de arañar lo que está arañando me mira con azoro, casi con un poco de escepticismo, “como si no fuera a hacer exactamente lo mismo cuando tú no estás, persona”. Pero se detiene, adopta una actitud de supremo desdén y se va en dirección contraria, siempre a paso lento y digno, “estaba a punto de irme de todos modos, destruir ese objeto no resulta tan interesante como parece”.

Escucho el ronroneo suave, siento su calor, intento no hacer movimientos bruscos ni mucho ruido. Sé que están cómodos y sé que es mejor para ellos estar aquí arriba que allá afuera, en la estancia. Aprecio que estén aquí, de hecho. Me acompañan desde su silencio y su esencia de cosa viva, hay un misterio y una ternura que los rodea y que siempre me hace sentir que tenerlos conmigo es un pequeño milagro.

Me los traje juntos porque nunca estoy y cuando estoy tampoco es que les ponga todo el tiempo mi completa atención. Si fueran perros la historia sería otra, pero por eso tengo gatos: su independencia y la mía conviven perfectamente. Cuando los traje a vivir conmigo no quería tener sólo una mascota “porque sí”, sabía que sería a largo plazo, un compromiso de tiempo completo dentro del espacio que queda fuera de los otros compromisos de tiempo completo. Sabía que si traía sólo uno se aburriría, le iba a dar tiricia, no quería pensar en que el pobre animal, por más doméstico que fuera, estuviera todo el día encerrado y solo; temía que se volviera neurótico o agresivo. Entonces me decidí por dos, así cuando yo no estoy ellos se acompañan, hace sus vidas. Hacen lo que sea que hagan los gatos cuando no los ve nadie además de otros gatos; hacen cosas que nunca sabré ni veré, pero viven y están aquí. Dependen de mí para comer y estar saludables y tener arena limpia y agua, pero no dependen de mí para ser. Y cuando yo no estoy ellos son, igual que cuando estoy, pero cuando estoy son conmigo, que no es lo mismo.

Sé que me quieren. Lo sé por cómo frotan su nariz contra mí, por cómo hacen ruiditos o porque uno se tira de panza para que juegue con él y el otro me muerde con suavidad cuando lo acaricio; lo sé porque a veces me lavan la mano con la lengua o posan una pequeña pata acojinada en mi brazo y me miran. Y yo los quiero, ellos no entienden lo que les digo, pero lo saben porque hago las cosas que uno hace con los gatos cuando los quiere, cosas bobas y divertidas; lo saben porque me río con ellos o les canto o les muerdo la cabeza o les hago trompetillas en la panza.

Los miro y sé que es una suerte tener a los Bárbaros conmigo. Sobre todo porque así no me aburro ni me da tiricia o no me pongo neurótica ni agresiva, aunque esté aquí encerrada. Supongo que vivir con ellos, en cualquier caso, es una cuestión de buena salud.

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In memoriam

Apenas antier, jueves, salió a comer, atravesó la calle en un momento inadecuado y no llegó a terminar el día.
Yo ni siquiera la conocía, era una editora del piso ocho y le decían “Ti”. Hoy hubiera cumplido años (unos 32, creo), si no la hubiera atropellado un metrobús.
Mariana no podía creer que esa chica estuviera muerta y nosotros, a pesar de esa muerte, volviéramos a nuestro escritorio, a nuestra tarde de trabajo, a nuestra vida. Ti dejó sus cosas, los vestigios de su paso por los días y alguien tuvo que recoger esos fragmentos, deshacerse de ellos (acaso guardarlos para dejar constancia de una presencia).
Vi la cara de los compañeros de trabajo mientras iban compartiendo la noticia. Se les descomponía el gesto con horror, con sorpresa. Uno escucha frases como “una tragedia” y la dimensión de esos lugares comunes queda borrosa hasta que algo los dota de sentido. Que una mujer joven haya muerto atropellada sobre Insurgentes un día cualquiera es una tragedia. Yo pensaba en su madre, en las obviedades en que piensa cualquiera cuando se enfrenta a una irrupción violenta del horror en su vida cotidiana (siempre pequeña, siempre subjetiva).

Creo que uno pasa por el mundo y a veces no se da cuenta de que toca a la gente. No importa si las relaciones de oficina son o no profundas: nos adecuamos a cierta compañía, a cierta rutina, a la presencia de la gente cuyo paso por nuestra vida parece nulo en la superficie. Pero tal vez no, tal vez no es un paso tan insustancial como a veces nos gusta creer. He pensado mucho en eso que se llama comunidad, en cómo no podemos estar solos del todo mientras alguien lamente la interrupción de ese tránsito.

Así que hoy hubiera sido cumpleaños de una chica a la que no conocía pero cuya muerte me alcanzó. Estas palabras en memoria suya que sólo sirven para que yo ponga en orden alguna idea vaga, pero me parece justo y humano dejar esta mínima ofrenda, porque al fin y al cabo es cierto lo que dicen: me pudo suceder a mí o le pudo suceder a una persona amada. Y entonces el horror sería absoluto y no sólo algo a lo que asistí con sorpresa y con cierto pudor por ser testigo involuntario de una rasgadura en el tejido del universo de otro.

En memoria, pues, de una chica que se llamaba Ti y que hoy hubiera celebrado un año más de vida.

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Perséfone: regresa

La primavera llegará. Eso seguro.
Este invierno ha sido benévolo conmigo, me ha permitido traer cosas, guardar cosas, pertrecharme para no padecer el frío.
Pero digo mal: digo ha sido, y la verdad es que debería de hablar en una acción simultánea, el invierno está siendo benévolo conmigo.
Acaso los hados están de buen humor.

Este año por primera vez tengo el empuje o las ganas de emprender o de planear. Mis ciclos vitales se alargan y entre mi cumpleaños y el año nuevo hay apenas un par de meses de reacomodo y una suerte de preparación para eso que se adivina como “lo que viene”. El tiempo cambia su ritmo para mí porque he acumulado más tiempo yo misma. Es decir, he… no sé bien qué “he”. No envejecido, porque no estoy vieja. Tampoco madurado, porque no soy una fruta. Acaso me he asentado un poco. No me he detenido, no pienso hacerlo; memento mori: no existe detenimiento posible hasta la tumba (no de la vida como la conozco, al menos). Tampoco me he conformado y ni siquiera he disminuido mi ritmo de vivir. Sencillamente me hallo en un mejor ritmo, más cómodo.

Será que sí me estoy haciendo vieja, poco a poco, y que eso le pasa a cualquiera. Pero a mí, con todo, me asombra. Gracias a ese pequeño asombro sé que vivo.

El título de esta entrada viene de un pasaje que hoy relaté de nuevo. Un pasaje que me conmueve de manera inmensa y profunda. Pertenece a un libro de David Almond: Mina; una novela que relata el paso de una niña del invierno al renacimiento. Hay una escena (aquí voy de nuevo) en que la protagonista se pone a patear sobre el suelo del parque y llama a Perséfone: Perséfone, ya regresa.
Es un llamado a la vida, una súplica al regreso del sol. Es una forma única de guardar un árbol bajo techo para recordar la vida. Es una mano que se tiende para ayudar a Perséfone a salir del Hades y danzar una vez más con todo lo que hay en la superficie de la tierra.

Perséfone volverá. Lo sé. Segundo memento mori: llegaría aunque yo misma no estuviera aquí para verlo. Ahora no tengo prisa por pedirle que vuelva porque el invierno ha sido benévolo conmigo y lo agradezco. Tampoco puedo ni quiero alterar el ciclo de descanso o de recogimiento que suponen las noches más largas. No añoro a Perséfone, no la llamo para no importunarla, pero saber que volverá me tranquiliza.

Me dispongo, mientras ese momento llega, a seguir disfrutando de este paso por el frío, bien abrigada como estoy. Y mientras siento cómo ese frío se queda fuera y yo estoy aquí adentro, tibia, agradezco la benevolencia de este particular momento y continúo por mí misma hacia eso que vendrá.

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Busquele y no lo hallé

Tus amores son más deliciosos que el vino, y el aroma de tus perfumes,
mejor que todos los ungüentos.
¡Tus labios destilan miel pura, novia mía!
Hay miel y leche bajo tu lengua, y la fragancia de tus vestidos
es como el aroma del Líbano.

Esa belleza es del Cantar de los cantares de Salomón, una de las cosas más eróticas y amorosas que he leído en la vida. Lo leí por primera vez de niña, así que no entendí mucho que digamos, pero sí podía ver la inmensa belleza en las alusiones y el gozo de la vida detrás de las palabras.
La versión completa está aquí. Aunque hay varias versiones, claro; el título viene de la versión que yo recuerdo con más cariño y que todavía usaba un español –digamos– arcaico.
Descubrí que lo más divertido es leer el Cantar en una de esas biblias anotadísimas donde “explican” en notas al pie que lo que el señor Salomón (el sabio, desde luego) quiso decir es que la Iglesia (con alta) es la amada y Cristo es el amado… Lo que hay que ver.
Lectura más que recomendada para 2014.
Empecemos el año como se debe.
Salud.

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