Estatuismo

Me asombra la costumbre que tenemos de hacer estatuas – retrato. ¿Un hombre ilustre?, estatua; ¿un prócer?, estatua; ¿un héroe de la comunidad?, estatua. Hace unos días asistí, por compromiso laboral, a la “develación / reubicación” de la efigie (en lo que adivino es ilustre bronce) de un prócer cultural: del Periférico pasaron a don Daniel Cosío Villegas al espacio entre el FCE y el Colmex. Mientras esperábamos al titular de la SEP, que nunca llegó, yo me dediqué a dar lata a quien se dejara, para no aburrirme, mientras evitaba que se me hundieran los tacones en la tierra húmeda cubierta de pasto.

Después de saludar a Tomás le pregunté ¿a ti te gustaría que te hicieran una estatua?, su respuesta vino luego de un bufido: “uy, no sabes, si hasta estoy juntando dinero en una alcancía”, yo le pegunté “¿para dejarla pagada?”, “no”, “ah –le dije– ¡juntas monedas para que las fundan!”; “exactamente” (flaco favor le harían a este caballero las monedas de un tiempo a acá, pero eso ya lo debe saber). Si yo me volviera una muy ilustre lo-que-sea, no querría una y, si me hicieran una (as if), la preferiría abstracta, así al menos podría luego reciclarse como representación de cualquier otra cosa. Eso de andar retratando a la gente de bulto me da no sé qué; veo las cabezas en proporciones extrañas, los ojos vacíos, el arco superciliar marcado en un gesto indefinible… casi pienso que esas representaciones dan miedito; con excepción de los caballos, que retratan muy bien en cualquier material y superficie. Y si no dan miedito están a un tris del ridículo; al señor Cosío Villegas, por ejemplo (a su representación metálica), lo metieron debajo de un trapo rojo y la develación consistió en que dos autoridades (y algún pariente, creo) tiraran hacia abajo de la tela, hasta que el don, con libros bajo el brazo y toda la cosa, quedó al descubierto. Para el caso, sería más digno que armaran una cortina pendiente de un aro y fueran deslizando la tela poco a poco, hasta que el personaje se viera en todo su esplendor.

Para su estuata para su menumento.

A los griegos, eso sí, las esculturas de este corte les salían más que bien; a los renacentistas también, desde luego. Cuando le dije eso a Tomás (que fue mi único interlocutor, y eso por pocos minutos), me dijo “pero tampoco lo sabemos, no conocimos a los modelos originales”. De acuerdo, no podemos verificar el parecido, pero hoy en día, a miles de años, esas tallas siguen perfectas y hermosas, no es gratuito que nuestro modelo de belleza esté cimentado en esa estética, en ese modelo. Esos mármoles que han sobrevivido a todo siguen despertando el entusiasmo del turista de museo que exclama ¡parece que están vivas! No conocimos a los modelos ni falta que nos hace, porque esas estatuas han pasado a ser metáforas, representaciones de un tiempo y una imaginería, y porque –en su mayoría– ya no representan a una persona específica, sino un concepto.

Con los bronces y tallas que se hacen en memoria  de políticos, de adinerados edificadores de escuelas o, incluso, como homenaje de algún personaje digno de pasar al mundo tridimensional de los de a pie (como el Ingenioso Hidalgo), tengo problemas. No me gustan y –por alguna razón sin origen aparente– me parecen el resultado de un acto hipócrita. Después de todo, si uno merece “pasar a la Historia”, suficiente será con la memoria de los hombres, tan caprichuda y caprichosa, la fuerza de un nombre pronunciado durante centurias tendrá la misma resonancia con estatua o sin ella.

4 comentarios

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4 Respuestas a “Estatuismo

  1. Ricardo Pohlenz

    La escultura acarrea la tara de ser un arte cívico, más cercano a lo retórico y lo protocolario que a una expresión real o cercano a una ciudadanía. Rotos los moldes, no sabemos como hacer representaciones duraderas en honor a proceres y ciudadanos ilustres que no se convierten en vaciados tan literales como huecos en bronce. Tampoco tenemos las herramientas ni las luces como sociedad -y en eso nos ganan desde los franceses hasta los chinos- para reinterpretar la representación tridimensional, en cuanto a sus materiales y sus significados. A falta de escultores, Juan Soriano tuvo que reciclarse en su oficio, no fue el único, y los resultados fueron crasos. Convertido en artista oficial, Gabriel Orozco desmerece también, su esqueleto de ballena se pudre debido a su origen orgánico como alegoría del estatus quo. Peor es ver los remedos de grandes artistas mexicas en Reforma, ojalá fueran como el traje nuevo del emperador, así no se verían. Está Sebastian y sus desdobles geométricos como último tirano paradoójico del espacio público.
    Siempre quedan las palomas para opinar.

    • Mr. Pohlenz: si le digo que adoro su comentario se va a ver “mal”. Si le digo que a mí me gusta Sebastián me va a querer cachetear, pero es cierto: el Caballito y otras moles me gustan, no es que crea que están bien o mal, las veo y me gustan, qué le hago. (Ya quedó claro que en materia de escultura soy una neófita.)
      Eso sí: sostengo mi idea de que, si seguimos como vamos, Dentro de 75 o 50 años va a haber billetes con la jetita de Gabriel Orozco, así como ahora hay frida-diegos😛

  2. Alejandra E.

    Híjole, mi querida Libia. Ahora sí que no puedo estar más en desacuerdo con su texto. Hay algunas ideas que comparto, como la de que me parece una hipocresía levantar monumentos para héroes que para la mayoría no pasan de recortes de monografía (curiosamente, cuando el escultor es bueno y responsable, será quien se quede con la visión más completa del héroe que nos dio patria en turno)

    Mi primer punto de desacuerdo, absolutamente subjetivo, es que yo he comido, vestido y recibido educación gracias al fervor estatuístico de las autoridades de nuestro país, así que montarme al carro del “fuchiguácalalasestatuassontaaaannnnanticuadas” me parecería, por lo menos, desleal.

    Hecha esta aclaración, procedo a seguir discrepando en otra clase de términos: Creo que en general, y tristemente, no tenemos ni idea de lo que es la escultura. La pintura es algo mucho más cercano, más manejable. Y en general, por lo menos en nuestro país, incluso para los encargados de museos y lugares así, la escultura es la invitada fea al baile de las bellas artes. Arrinconadas en los museos, abandonadas en los parques, hechas menos por las vanguardias culturosas, robadas y fundidas según los cambios de ideología, comisionadas al que cobre menos… Este largo rollo va a que podría casi apostarle que si cambiaron de lugar una escultura que ya existía, lo más probable es que personas ajenas a la producción de la pieza hayan decidido, dónde, cómo y a qué altura. Y esto casi siempre termina en que las proporciones se vean raras, como pasa con gran cantidad de piezas académicas, realizadas con correcciones ópticas para alturas determinadas, y colocadas por ignorancia a ras de suelo o sobre el pedestal más a la mano.

    Todos sabemos que los griegos (aunque yo más bien diría que los romanos), y los renacentistas (nuestro tándem infalible e insuperable del arte occidental) eran unos chingones. Pero yo le recomendaría que viera escultura barroca y decimonónica antes de proclamar vencedores en la batalla de la superioridad escultórica, y antes de mandar a volar los retratos de bulto. Lo que hizo Bernini en la corte francesa, dentro de su producción por encargo, y con el retrato de su mujer, en el ámbito de su producción personal, la harían ver con otros ojos las posibilidades del retrato escultórico.

    Y en otro orden de ideas, qué perdedera de tiempo tener que estar en el cambio de lugar de la pieza en cuestión.
    Un abrazo,
    Ale

    • A la escultura como arte no le pongo ningún pero, de hecho no sabía que era un patito feo y lo lamento. Tampoco satanizo el arte por encargo (qué sería de cientos de obras sin la corte o la iglesia, que buen dinero pagaban). Me molesta el hecho de que creamos que para “inmortalizar” a un personaje hay que fundirlo, cincelarlo o tallarlo, como ejercicio patriótico o cívico. Digamos que, cuando veía el “pensador” de Rodan en Plaza Loreto le encontraba más chiste que ahora que veo la estatua de marras de Cosío Villegas, no por el medio per se, si no por lo que significa: queremos perpetuar a determinado personaje y lo que mejor se nos ocurre es mandarle a hacer una estatua. Muchas veces pasamos por un parque o una glorieta y vemos a un fulano (pocas fulanas, eso sí) con gesto de determinación, incluso puede que leamos su nombre y bien poco nos dice; a menos que el paseante encuentre una placa explicatoria (en ocasiones, pueden ser peores incluso que la estatua en sí) se quedará en las mismas y a veces aunque la lea. Y ya de perspectiva ni hablar, en los museos llegan a poner las esculturas ¡pegadas a la pared!, y si uno les quiere dar la vuelta para verlas completas, lo ven feo.

      Curiosamente, creo que estoy de acuerdo con usted, en cuanto a la escultura (y sé que tengo que aprender mucho en esa materia), pero sigo recordando las estatuas des eñores ilustres que he visto y siguen sin gustarme. En fin, creo que estoy incurriendo en sopez (y en tontería), al justificarme. Agradezco que me lea y agradezco mucho más que se tome el trabajo de escribirme acerca de mis anotaciones. Ojalá este desacuerdo no la desaliente y siga dándose unas vueltas por este bló🙂

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