Archivo mensual: septiembre 2010

Apunte sobre la lectura

No compro revistas, cuando algo me llama la atención primero lo busco en su versión en red, si no existe un sitio que contenga esa información, acudo a otro medio. Pero a la literatura, con excepción de algunos cuentos y otros textos de difícil clasificación, la busco siempre en papel y muy rara vez me quedo leyendo completo algo que pase de las diez cuartillas. He leído novelas en pantalla, pero no ha sido por gusto ni como primera opción, de lo que concluyo que la ingenua idea que tenía hace digamos, 4 años, de que podíamos hacer versiones de todo (como quiere Google) para leerse en un monitor, ha remitido. El medio, muchas veces, lo es todo: si la gente consume dispositivos lectores (iPad, Kindle y otros menos famosos) como si fueran celulares y los usa para leer libros de literatura, algo debe estar saliendo bien.

Los libros están ahora en el ojo de críticos, estudiosos y demás yerbas eruditas, como especímenes en extinción. Puede que el libro desaparezca, pero no lo hará pronto ni en silencio. La era de Gutenberg está llegando a su fin tal como la conocemos, no porque se produzcan menos libros, si no porque estamos de lleno metidos en una época de lecturas diferentes: la lectura en pantalla, por ejemplo, que no es poca cosa. Uno lee cada día blogs, periódicos, correos, noticias, entradas y comentarios, lejos del papel. No creo que los lectores ya formados abandonen sus bibliotecas, pero sí creo que, cada vez más, estamos en migración constante hacia lecturas diferentes.

Ahora, hay valientes que se quieren echar al coleto Moby-Dick en un e-reader, pero hay quien apunta que, en todo caso, quieren tener las dos versiones: en papel para leer y en pantalla para poder hacer notas, copiar fragmentos, realizar búsquedas por palabras, etcétera. Yo pertenezco a esta segunda categoría, aunque, por el momento, sólo tengo un banco de libros en formato legible por una computadora común y corriente. Pasará un rato antes de que junte el dinero y el ánimo para comprar un dispositivo lector de textos electrónicos. Por una parte, por el gasto que representa y, por otra, porque todavía no sale al mercado (oh, irredenta e infiel) un dispositivo que me seduzca lo bastante.

Quisiera explorar con más cuidado líneas tangentes derivadas este apunte, porque este tema da para mucho, pero será otro día. Mientras, les dejo a Roger Chartier, que sí sabe de qué habla, y un pequeño instructivo:

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La página en blanco

Hace tres horas estaba más que convencida de que un blog era justo y necesario. Muchas veces tomo “notas mentales” de lo que sucede alrededor y me prometo escribirlas en cuanto pueda: nunca lo hago. Luego de esas tres horas ya no estoy tan convencida de lo justo ni lo necesario, pero seguiré adelante de cualquier modo. La falacia me envuelve mientras tecleo esto –en una netbook, sentada en mi cama–, recuerdo cuántas veces he leído, en otros blogs: “será algo mucho más modesto que una bitácora, me permitirá disciplinarme, al fin tengo un espacio para expresarme”, y así.

Bien, sé que mantener una publicación, por esporádica que sea, puede llegar a causar estrés a quien la escribe, sé que quiero un espacio y no lo he buscado antes. Sé (como si pudiera saber algo realmente) que me entusiasma el proyecto y que tengo cosas que decir a veces, otras, será simplemente un ejercicio, como lo dice el título. (Por cierto, si alguien se pregunta por la imagen: es un sillón para que se sienten a leer: bienvenidos.)

Tomé hoy la decisión de iniciar este proyecto por una razón tan sencilla como azarosa: si un escritor como Don Antonio Muñoz Molina tiene hasta Twitter, yo muy bien puedo dejarme de tonterías y abrir un modesto blog. Me había negado hasta ahora por razones igual de fútiles y narcisistas que las que me llevan a empezar a escribir aquí: no tengo nada importante qué decir, no creo que la humanidad vaya a dar un vuelco cuando me lea ni estoy especialmente dotada para decir nada que no se haya dicho antes; sin embargo, quiero escribir y esa es una razón tan buena como cualquier otra para hacerlo. Eso sí, todo esto es palabrerío más o palabrerío menos, en el centro de todo yace una verdad como una casa: me aterra escribir. La página en blanco es un monstruo de miles de cabezas o sin ninguna, lo que sea peor, que me sobrepasa y me devora.

Hoy leía, en una ojeada veloz al prólogo de Música para camaleones, que Truman Capote hizo dos descubrimientos importantes, primero descubrió la diferencia entre escribir mal y escribir bien; luego descubrió la diferencia entre escribir bien y el verdadero arte de la escritura (Truman Capote, nada menos). El segundo es mucho más terrible, en toda su extensión. A mí me da miedo, pánico casi, no escribir bien, pero me da más miedo la mediocridad de escribir bien a secas. Puro ego, enorme como zeppelin sobre mi cabeza, apunto, como lavándome las manos por soltar semejantes desvergüenzas.

De modo que inicio: mientras escriba en este espacio, podré combatir mi miedo, afilar una que otra herramienta y, a veces, confrontar mi ego con la realidad. Veremos qué resulta. Una última cosa, esta sí importante, a cualquiera que me lea: gracias.

Academia: Here I go!

Me siento como Calvin

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