Magia

07/01/2011 § 4 comentarios

Leo en el blog de un amigo que su hija esperó, como cada niño, la llegada de los Reyes Magos (más magos que reyes, por fortuna) la noche del cinco de enero. Encuentro mensajes nostálgicos en la mayoría de los adultos que recuerdan el momento exacto de la ruptura de esa ilusión; imagino que debe ser un rito de paso importante para miles enterarse de que los reyes (ya con minúscula) son parte de una ilusión infantil, de un imaginario inasible. Aún ahora, mientras tecleo esto pienso en no conjurar la existencia falaz de esas figuras de oriente, no quiero romper el encanto.
El texto de Enrique dice: “¡Ay de aquel que no se haya emocionado hasta el delirio con la visión sobrenatural de descubrir un regalo real al pie del árbol de Navidad la mañana de algún 6 de enero de su primera infancia!”, y pienso que me corresponde decir “ay de mí”. Yo nunca creí en los reyes magos o los santos reyes ni en ninguna entidad que trajera juguetes por vías mágicas. Como recordaba ayer mismo: he recibido más regalos de reyes en mi vida adulta que durante mi infancia.
Crecí, un poco a trompicones, sin esa ilusión, por lo tanto no puedo echarla en falta ni lamentar su ausencia. Tampoco la festejo, porque no puedo celebrar algo que me fue ajeno. Recuerdo, por ejemplo, el día en que mi prima Alicia me dijo “mira lo que me trajo santa clos”, me enseñó su Pianosaurio y yo lo único que atiné a decir fue “¿qué es Santa Clos?”. No quién, no por qué el Pianosaurio, sino “qué es”. Santa clos en ese momento era una entidad abstracta y desconocida, igual que los reyes o que el Niño Dios que traía juguetes antes que Santa Clos.
¿Tenía juguetes cuando era niña? Parece una pregunta idiota pero no lo es: los tuve, muchas veces pasaban largas temporadas “castigados”, en especial a partir de mis nueve años. Durante mi primera infancia tuve juguetes también, hasta los cinco años más o menos. A esos los recuerdo con mucha nitidez, recuerdo cómo jugaba con ellos, las voces que hacía, las historias que inventaba. No logro recordar, sin embargo, qué hacía los días de reyes en la primaria, cuando los demás llegaban con juguetes nuevos; tal vez no llevaba nada o tal vez llevaba algún regalo que me hubieran dado, no lo sé. Tampoco recuerdo haber sentido que estaba excluida de “algo especial”, sencillamente no existió, no estuvo ahí. Yo nunca viví ese momento de quiebre ni recuerdo que nadie cercano lo haya vivido. Y, sin embargo, creo en la magia.

En mi experiencia más feliz de día de reyes tengo 25 años, vivo sola en un mini departamento de azotea en un barrio de Puebla y estoy con mi novio en una cafetería. Es de tarde, estamos en el centro, y como es cinco de enero se venden globos rojos y azules, especialmente pensados para mandar cartas a los reyes. Nunca lo hice de niña, pero esa tarde compro un globo. Escribo, en un arranque de infantilismo que podía permitirme con abandono, una carta pidiendo unos patines, una cajita de Lego, un gorro y alguna otra cosa. Cuando termino la carta se la leo a mi novio en voz alta, él sonríe, enrollo la hoja y la mando al cielo atada a la cauda del globo.
Recuerdo que lo hice porque sí, en tono de juego, como un rescate de algo vagamente lejano, y luego la olvidé.
Al día siguiente me fui temprano a trabajar y toda mi mañana estuvo ocupada por actividades adultas, como correspondía. Llegué a mi casa después de la una, entré y hallé sobre una silla uno de mis tenis, una caja con patines, un set de Lego de Star Wars y alguna otra chuchería. Recuerdo con mucha claridad que me quedé parada, sin cerrar ni siquiera la puerta, con la boca abierta (sí, tenía la boca abierta) y que mi incredulidad duró muchos, muchos segundos. ¿Cómo habían llegado esos juguetes a mi casa?, ¿cómo es que Los Reyes me habían traído lo que les pedía en mi cartita?, ¿cómo se había operado el milagro? Mi emoción, a los 25 años, fue total. Funcionó la ilusión de modo esplendoroso: durante un rato esos regalos, esos juguetes, fueron una aparición, un acto de magia pura.
La explicación de la magia, que de inmediato mi cerebro se encargó de urdir, es que José Luis (mi novio de entonces) tenía llaves de mi casa, había entrado cuando yo no estaba y me había dejado esos regalos, como una sorpresa. En cuanto lo entendí la naturaleza de mi emoción dio un giro y me eché a llorar, emocionada, conmovida, por ese gesto de ternura inabarcable que alguien, un ser querido, había tenido conmigo.
He vivido antes y después otras experiencias gozosas, he recuperado mi infancia de distintas maneras, he tenido después otros amores, pero en la memoria subjetiva de lo que elegimos para guardar como abstracción de un tesoro, ese seis de enero es mi Estrella de Oriente. Esa sensación de amor es un estado que posee una pureza absoluta, no se parece a nada y no opera en ningún grado de conciencia. Ese momento es, en mi memoria, una manifestación de la felicidad total.

Saudade

01/12/2010 § 2 comentarios

Iba a escribir una entrada acerca de los simbolismos personales que uno construye con lo que tiene a la mano, pero me distraje con la imagen de los copos de nieve que caen por el monitor mientras tecleo esto, gracias a la interfaz de WordPress.

No conozco la nieve. Hace unos dieciocho años, acaso veinte, fui de vacaciones a las faldas de La Malinche (un volcán tlaxcalteca) con otros ocho miembros de la familia. No era la primera vez que íbamos, no era la primera vez que subíamos casi hasta la cúspide; pero ese día no quise hacer el trayecto completo. Cuando descendíamos me contaron que había nevado y allá arriba todo estaba cubierto de blanco.

No conozco la nieve, sin embargo, siento una profunda melancolía por ella, que no se basa en ningún recuerdo. La he visto en fotos, en películas, he leído de planicies europeas en invierno, pero nada más. Tengo una certeza: algún día veré nevar, es más, voy a estar a la intemperie mientras la nieve comienza a caer: sentiré su toque frío, mullido, suave; algún día voy a estar con la nieve y voy a reconocerla. No sé cómo ni por qué, cuando tengo esta añoranza concluyo que el día de mi encuentro con ese blanco llegará.

Me reconforta imaginar un escenario nevado, silencioso, en el que pueda sentarme a contemplar cómo el mundo se pone en pausa, mientras respiro un aire claro, muy frío acaso y miro un cielo limpio, azul. Ese escenario, que imagino con mucha nitidez, puede estar lejos o cerca en el tiempo, pero sé que, cuando esté allí, habré llegado al origen de esta añoranza.

Los muertos de estos días

31/10/2010 § Dejar un comentario

Ofrenda

Estos son días de calaveritas de azúcar con nombres en la frente, de pan de muerto, de veladoras. Para mí, además, son días de fiesta por dos razones: los Días de Muertos (con fiesta a la mexicana, ofrenda y recuerdo de abuelas) y mi cumpleaños. Pero este año, por alguna razón que desconozco, veo que se está muriendo mucha gente.

Parece chiste (no sé si de Tin Tan), pero es verdad: desde hace unos diez días me entero que ha muerto alguien que conozco, alguien con quien tuve contacto, alguien que no conozco pero he leído, alguien que tenía una estrecha relación con un amigo… en fin, que los muertos (lejanos y no tanto) “se me han apilado”. Cuando supe que Alatorre murió me entristecí porque soy su lectora, pero cuando supe que uno de mis contactos de Facebook (amigo de amigos) acababa de morir, me desconcerté. No siento nada por esa persona, pero me caía bien como “amigo de FB”. ¿Se guarda duelo por alguien de quien se leían un par de líneas al día?, ¿de qué manera? Su muerte no me duele, pero no me deja indiferente. Tal vez en las redes sociales también se ha creado un limbo en el cual uno deposita a sus muertos virtuales.

Hace un poco más de un año llegué, por azar, al blog de una mujer que hablaba de algún tema interesante. No recuerdo nada de ella o qué tecleé en la búsqueda de Google que me llevó a sus textos, recuerdo una cosa sin embargo, cuando leí los comentarios a la última de sus entradas descubrí que la autora estaba muerta. Así, muerta y ya. Pero lo que más llamó mi atención, lo que me hace recordar ahora esa experiencia, es que la gente le dejaba mensajes en su blog, mensajes de cariño, de solidaridad, de extrañamiento y, sobre todo, dejaban recados para los otros lectores: de condolencia, de ánimo, de alivio: pequeños panegíricos, en unas cuantas frases. Lo mismo sucede ahora con el muro de Facebook de este conocido: la gente le deja recaditos para que los lea en el más allá, mensajes de cariño, de solidaridad, de extrañamiento; videos que dicen al pie “te hubiera encantado”: pequeñas ofrendas, remedo de coronas mortuorias.

Para mí la idea de que el aroma de la esencia del azahar –de la flor anaranjada del cempoazúchitl, del copal– guíe a los espíritus de mis abuelas o de algún buen amigo para que coman conmigo es una idea agradable, es reconfortante saber que hay vínculos imborrables. La memoria también tiene rituales; la magia sirve igual para hacer dulce de tejocote y para fumarse un cigarro con la nada, al menos en mi casa. Pero a mí me asombra, casi podría decir que me sobrecoge, saber que hay páginas de Internet (ese espacio más que cotidiano) hechas por alguien que ya jamás las abrirá, un blog, algo tan personal, de una muerta; un espacio en la pantalla (en un disco duro, pero en la interfaz accedemos a la representación) que todavía recibe mensajes de gente que leyó a la persona cuando estaba viva y ahora jamás volverá a teclear su password, jamás volverá a hacer o a decir nada en la red o fuera de ella. Yo me pregunto si esos mensajes en la caja de comentarios no son sino una extensión del ritual de dolernos por los ausentes, una manera hecha de palabras de decirle a alguien que ya no está –pero permanece–: no te olvidamos, no morirás del todo mientras alguien pronuncie tu nombre.

Nuestra relación con los muertos, sea cual sea, lleva siempre una carga de ausencia y otra de nostalgia, muchas veces de miedo. Pero una cosa es cierta, los que nos quedamos buscamos siempre consuelo y la mejor manera de hallarlo es al compartir nuestros jirones de memoria, tal vez a solas, en silencio. A mí me gusta la idea de compartirlo con ellos, con los ausentes: poner la mesa, engalanarla con flores y papel de china, decirles que son bienvenidos igual que cuando no teníamos que recordarlos, porque estaban aquí.

Vayan estas letras como ofrenda para todos aquellos muertos que dejaron una estela de palabras en el mundo y que, con ellas, hicieron de él un lugar mejor.

Estatuismo

04/10/2010 § 4 comentarios

Me asombra la costumbre que tenemos de hacer estatuas – retrato. ¿Un hombre ilustre?, estatua; ¿un prócer?, estatua; ¿un héroe de la comunidad?, estatua. Hace unos días asistí, por compromiso laboral, a la “develación / reubicación” de la efigie (en lo que adivino es ilustre bronce) de un prócer cultural: del Periférico pasaron a don Daniel Cosío Villegas al espacio entre el FCE y el Colmex. Mientras esperábamos al titular de la SEP, que nunca llegó, yo me dediqué a dar lata a quien se dejara, para no aburrirme, mientras evitaba que se me hundieran los tacones en la tierra húmeda cubierta de pasto.

Después de saludar a Tomás le pregunté ¿a ti te gustaría que te hicieran una estatua?, su respuesta vino luego de un bufido: “uy, no sabes, si hasta estoy juntando dinero en una alcancía”, yo le pegunté “¿para dejarla pagada?”, “no”, “ah –le dije– ¡juntas monedas para que las fundan!”; “exactamente” (flaco favor le harían a este caballero las monedas de un tiempo a acá, pero eso ya lo debe saber). Si yo me volviera una muy ilustre lo-que-sea, no querría una y, si me hicieran una (as if), la preferiría abstracta, así al menos podría luego reciclarse como representación de cualquier otra cosa. Eso de andar retratando a la gente de bulto me da no sé qué; veo las cabezas en proporciones extrañas, los ojos vacíos, el arco superciliar marcado en un gesto indefinible… casi pienso que esas representaciones dan miedito; con excepción de los caballos, que retratan muy bien en cualquier material y superficie. Y si no dan miedito están a un tris del ridículo; al señor Cosío Villegas, por ejemplo (a su representación metálica), lo metieron debajo de un trapo rojo y la develación consistió en que dos autoridades (y algún pariente, creo) tiraran hacia abajo de la tela, hasta que el don, con libros bajo el brazo y toda la cosa, quedó al descubierto. Para el caso, sería más digno que armaran una cortina pendiente de un aro y fueran deslizando la tela poco a poco, hasta que el personaje se viera en todo su esplendor.

Para su estuata para su menumento.

A los griegos, eso sí, las esculturas de este corte les salían más que bien; a los renacentistas también, desde luego. Cuando le dije eso a Tomás (que fue mi único interlocutor, y eso por pocos minutos), me dijo “pero tampoco lo sabemos, no conocimos a los modelos originales”. De acuerdo, no podemos verificar el parecido, pero hoy en día, a miles de años, esas tallas siguen perfectas y hermosas, no es gratuito que nuestro modelo de belleza esté cimentado en esa estética, en ese modelo. Esos mármoles que han sobrevivido a todo siguen despertando el entusiasmo del turista de museo que exclama ¡parece que están vivas! No conocimos a los modelos ni falta que nos hace, porque esas estatuas han pasado a ser metáforas, representaciones de un tiempo y una imaginería, y porque –en su mayoría– ya no representan a una persona específica, sino un concepto.

Con los bronces y tallas que se hacen en memoria  de políticos, de adinerados edificadores de escuelas o, incluso, como homenaje de algún personaje digno de pasar al mundo tridimensional de los de a pie (como el Ingenioso Hidalgo), tengo problemas. No me gustan y –por alguna razón sin origen aparente– me parecen el resultado de un acto hipócrita. Después de todo, si uno merece “pasar a la Historia”, suficiente será con la memoria de los hombres, tan caprichuda y caprichosa, la fuerza de un nombre pronunciado durante centurias tendrá la misma resonancia con estatua o sin ella.

Apunte sobre la lectura

27/09/2010 § Dejar un comentario

No compro revistas, cuando algo me llama la atención primero lo busco en su versión en red, si no existe un sitio que contenga esa información, acudo a otro medio. Pero a la literatura, con excepción de algunos cuentos y otros textos de difícil clasificación, la busco siempre en papel y muy rara vez me quedo leyendo completo algo que pase de las diez cuartillas. He leído novelas en pantalla, pero no ha sido por gusto ni como primera opción, de lo que concluyo que la ingenua idea que tenía hace digamos, 4 años, de que podíamos hacer versiones de todo (como quiere Google) para leerse en un monitor, ha remitido. El medio, muchas veces, lo es todo: si la gente consume dispositivos lectores (iPad, Kindle y otros menos famosos) como si fueran celulares y los usa para leer libros de literatura, algo debe estar saliendo bien.

Los libros están ahora en el ojo de críticos, estudiosos y demás yerbas eruditas, como especímenes en extinción. Puede que el libro desaparezca, pero no lo hará pronto ni en silencio. La era de Gutenberg está llegando a su fin tal como la conocemos, no porque se produzcan menos libros, si no porque estamos de lleno metidos en una época de lecturas diferentes: la lectura en pantalla, por ejemplo, que no es poca cosa. Uno lee cada día blogs, periódicos, correos, noticias, entradas y comentarios, lejos del papel. No creo que los lectores ya formados abandonen sus bibliotecas, pero sí creo que, cada vez más, estamos en migración constante hacia lecturas diferentes.

Ahora, hay valientes que se quieren echar al coleto Moby-Dick en un e-reader, pero hay quien apunta que, en todo caso, quieren tener las dos versiones: en papel para leer y en pantalla para poder hacer notas, copiar fragmentos, realizar búsquedas por palabras, etcétera. Yo pertenezco a esta segunda categoría, aunque, por el momento, sólo tengo un banco de libros en formato legible por una computadora común y corriente. Pasará un rato antes de que junte el dinero y el ánimo para comprar un dispositivo lector de textos electrónicos. Por una parte, por el gasto que representa y, por otra, porque todavía no sale al mercado (oh, irredenta e infiel) un dispositivo que me seduzca lo bastante.

Quisiera explorar con más cuidado líneas tangentes derivadas este apunte, porque este tema da para mucho, pero será otro día. Mientras, les dejo a Roger Chartier, que sí sabe de qué habla, y un pequeño instructivo:

La página en blanco

23/09/2010 § 8 comentarios

Hace tres horas estaba más que convencida de que un blog era justo y necesario. Muchas veces tomo “notas mentales” de lo que sucede alrededor y me prometo escribirlas en cuanto pueda: nunca lo hago. Luego de esas tres horas ya no estoy tan convencida de lo justo ni lo necesario, pero seguiré adelante de cualquier modo. La falacia me envuelve mientras tecleo esto –en una netbook, sentada en mi cama–, recuerdo cuántas veces he leído, en otros blogs: “será algo mucho más modesto que una bitácora, me permitirá disciplinarme, al fin tengo un espacio para expresarme”, y así.

Bien, sé que mantener una publicación, por esporádica que sea, puede llegar a causar estrés a quien la escribe, sé que quiero un espacio y no lo he buscado antes. Sé (como si pudiera saber algo realmente) que me entusiasma el proyecto y que tengo cosas que decir a veces, otras, será simplemente un ejercicio, como lo dice el título. (Por cierto, si alguien se pregunta por la imagen: es un sillón para que se sienten a leer: bienvenidos.)

Tomé hoy la decisión de iniciar este proyecto por una razón tan sencilla como azarosa: si un escritor como Don Antonio Muñoz Molina tiene hasta Twitter, yo muy bien puedo dejarme de tonterías y abrir un modesto blog. Me había negado hasta ahora por razones igual de fútiles y narcisistas que las que me llevan a empezar a escribir aquí: no tengo nada importante qué decir, no creo que la humanidad vaya a dar un vuelco cuando me lea ni estoy especialmente dotada para decir nada que no se haya dicho antes; sin embargo, quiero escribir y esa es una razón tan buena como cualquier otra para hacerlo. Eso sí, todo esto es palabrerío más o palabrerío menos, en el centro de todo yace una verdad como una casa: me aterra escribir. La página en blanco es un monstruo de miles de cabezas o sin ninguna, lo que sea peor, que me sobrepasa y me devora.

Hoy leía, en una ojeada veloz al prólogo de Música para camaleones, que Truman Capote hizo dos descubrimientos importantes, primero descubrió la diferencia entre escribir mal y escribir bien; luego descubrió la diferencia entre escribir bien y el verdadero arte de la escritura (Truman Capote, nada menos). El segundo es mucho más terrible, en toda su extensión. A mí me da miedo, pánico casi, no escribir bien, pero me da más miedo la mediocridad de escribir bien a secas. Puro ego, enorme como zeppelin sobre mi cabeza, apunto, como lavándome las manos por soltar semejantes desvergüenzas.

De modo que inicio: mientras escriba en este espacio, podré combatir mi miedo, afilar una que otra herramienta y, a veces, confrontar mi ego con la realidad. Veremos qué resulta. Una última cosa, esta sí importante, a cualquiera que me lea: gracias.

Academia: Here I go!

Me siento como Calvin

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